sábado, 8 de octubre de 2022

El pluriempleo de la vieja barbuda


 

El pluriempleo de la vieja barbuda

 

 

 

Verba volant, scripta manent

 

Literaturas Hispánicas Medievales


 

 

 

índice

                                                

0. Introducción     

1. Zurugía plástica medieval                                                               

2. Los polvos de la madre Celestina                                                  

3. Celestina hechicera: la philocaptio de Melibea                                 

 0. Introducción

A pesar de que han pasado casi cuarenta años desde que cayó en nuestras inexpertas manos el primer ejemplar de La Celestina –se trataba de un libro de la Editorial Salvat, de la colección RTV, Biblioteca Básica, que nos costó en aquellos tiempos la respetable suma de cinco duros; entonces cursábamos el bachillerato elemental, todavía llevábamos pantalones cortos, veíamos la televisión en blanco y negro, y no existían los ordenadores ni los teléfonos celulares– no podemos olvidarnos del continuo impacto que nos iba provocando su tan fruiciosa como inocente lectura, azuzada no sólo por el incauto frenesí didáctico sino también por el desasosegador morbillo causado a cada arrebatado paso de página.

1. Zurugía plástica medieval

Pues bien, pergeñado y tecleado el anterior párrafo, vamos a dejarnos de florituras, entrando directos al trapo en el tema que nos va a ocupar a lo largo de esta modesta tarea. Entonces no nos enteramos de gran cosa, tras la lectura de la inigualable obra homónima del Alcalde Mayor de Talavera de la Reina; pero, por ventura, recordamos con increíble nitidez, no bien llegamos a la pág. 35, dentro aún del primer acto, cómo nos sorprendió el objetivo e inteligente parlamento de Sempronio con el afligido Calisto, cuando le revela a éste quién va a ser la persona que le ayude a resolver el flagrante flechazo que Cupido había lanzado al futuro amante de Melibea en pos de la persecución de su gerifalte favorito: la vieja barbuda [la cursiva es nuestra]:

 CALISTO. –¿Cómo has pensado de hacer esta piedad?

SEMPRONIO. –Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin desta vecindad una vieja barbuda, que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su auctoridad en esta ciudad. A las duras peñas promoverá y provocará a lujuria, si quisiere.[1]

 A lo que vamos, lo primero que llamó sobremanera nuestra atención fueron los calificativos ‘hechicera’ y ‘astuta’; mas sobre todo la interesante y no menos morbosa cuestión relativa a los virgos. Ahora bien, ni siquiera nos imaginábamos desde nuestras bisoñas perspectivas qué podía significar lo de hacer y deshacer virgos [id.] y, claro, nuestra inherente timidez relativa a la edad del pavo nos impedía preguntar al profesor de turno lo que aquella actividad podía significar… Así que se nos pasó la edad del pavo y, lo peor de todo, que nos quedamos in albis. Tendrían que pasar casi siete años más para que nos enterásemos del significado de dicho affaire: durante la segunda o tercera lectura, cuando ya llevábamos pantalones largos, fumábamos, e íbamos a incorporarnos a filas, junto a otros reclutas, traqueteando a bordo de un destartalado convoy de madera barnizada rumbo a Andalucía.

 Ahora bien, se conoce que la vieja barbuda era muy conocida por dichos menesteres entre los variopintos y abigarrados ambientes de la supuesta villa universitaria charra, donde suponemos que transcurre la acción; el mismo Pármeno, además de citar de manera muy jocosa nada menos que al presunto marido de la vieja alcoholada, nos la recuerda de esta manera:

 …Y de más desto, es nombrada y por tal título conocida. Si entre cien mujeres va alguno dice: “¡Puta vieja!”, sin ningún empacho luego vuelve la cabeza y responde con alegre cara. En los convites, en las fiestas, en las bodas, en las cofradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de gente, con ella pasan tiempo. Si pasa por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias, rebuznando dicen: “¡Puta vieja!” Las ranas de los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dicen sus martillos. Carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores: todo oficio de instrumento forma en el aire su nombre. Cántanla los carpinteros, péinanla los peinadores, tejedores, labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas, con ella pasan el afán cuotidiano. Al perder en los tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas, que son facen, a doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡Oh qué comedor de huevos asados era su marido! ¿Qué quieres más? Sino que si piedra toca con otra, luego suena “¡Puta vieja!”[2]

Aunque nos hemos salido un poquito del tema principal de este primer apartado, no hemos podido evitar la tentación de insertar el anterior texto celestinesco; y es que hemos considerado que no tenía desperdicio añadirlo para hacer una sucinta descripción de la popularidad de la vieja.

Volviendo al tema que nos ocupa, y ya metidos de lleno en la actividad de cirujana de virgos [id.] de la hábil alcahueta, queremos hacer hincapié en que entonces, en el siglo XV, se vivía dentro de un rígido sistema feudal en donde existía el derecho de pernada, y la mujer, tanto si era noble como si no lo era, no tenía ningún valor ontológico: en la mayoría de los casos sólo se trataba de un mero juguete [id.] para el hombre; pero esta contingencia no resultaba óbice para que la virginidad de las dueñas tuviese mucho significado e importancia de cara al varón. Pensamos que esa primera sangrecilla [id.] derramada tras el himeneo parece que realzaba sobremanera la virilidad de unos hombres feroces educados exclusivamente para ceñir las armas y el triunfo en cualquier tipo de batalla.

Retomamos el tema de los virgos: la vieja Celestina se nos presenta, sin ningún tipo de prejuicios y tapujos, no sólo como una astuta transgresora total del citado sistema feudal sino también como una aguda y constante espada de Damocles para el orden social y su precario equilibrio: sabe componer y descomponer [id.] virgos. Así que, ante esta sutil tesitura, el macho ya jamás va a poder estar seguro de si es el primer virgo que desflora y, mucho menos aún, si la mujer es sólo suya para, llegado el caso, darle sus apellidos y acaso una prole de sucios arrapiezos llorones, porque es la vieja barbuda la que únicamente lo sabe de buena fe.

Cuando llegamos al famoso parlamento de Pármeno del primer acto, éste vuelve a recalcarnos, con una precisión y unos detalles dignos de encomio, tanto el trabajo de cirujana plástica [id.] de la vieja como el principal destino de todas aquellas cuytadillas que, plenamente confiadas en el saber de la antigua madre, acudían a la desvencijada casa de la vieja, situada a la vera de las tenerías del río Tormes:

 … Ella tenía seis oficios, conviene saber: labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites e de hacer virgos, alcahueta e un poquito hechicera. Era el primer oficio cobertura de los otros, so color del cual muchas mozas destas sirvientes entraban en su casa a labrarse e a labrar camisas e gorgueras e otras muchas cosas. (...) Asaz era amiga de estudiantes e despenseros e moços de abades. A estos vendía ella aquella sangre innocente de las cuitadillas, la cual ligeramente aventuraban en esfuerzo de la restitución, que ella les prometía. Subió su fecho a más: que por medio de aquellas comunicaba con las más encerradas, hasta traer a execución su propósito. E aquéstas en tiempo honesto, como estaciones, procesiones de noche, misas del gallo, misas del alba y otras secretas devociones, muchas encubiertas vi entrar en su casa. Tras ellas hombres descalzos, contritos e rebozados, desatacados, que entraban allí a llorar sus pecados. ¡Qué tráfagos, si piensas, traía!...[3]

Vemos que en el anterior texto celestinesco el ayo más fiel, por el momento, a su dueño, nos ha hablado claramente acerca de los seis oficios principales de la vieja; pero nos da por pensar que el primero de los oficios: labrandera (con el significado de costurera), es la tapadera de los otros, y a lo mejor colegimos que se trata de un eufemismo de nítido contenido sexual, que puede hacer clara referencia al oficio de remendadora de virgos de la vieja barbuda.

Pero, aún más, si nos quedase alguna duda sobre la pródiga ocupación que venimos comentando a lo largo de este apartado, es un poco más adelante del mismo parlamento donde el fiel criado del noble Calisto, e hijo de Claudina, nos dará aun un sinfín de detalles técnicos y mercantiles con relación a dicho procedimiento:

 … Esto de los virgos, unos hacía de vejiga e otros curaba de punto. Tenía en un tabladillo, en una cajuela pintada, unas agujas delgadas de pellejeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raíces de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana e cepacaballo. Hacía con esto maravillas, que cuando vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen una criada que tenía.[4]

En cuanto a la productividad de esta particular industria, tras las pertinaces, ambiciosas y fructíferas relecturas de la obra, vemos que dicha actividad era la base principal de la economía del solar patrio celestinesco: ya hemos comprobado al arranque de este apartado, e insistimos en ello, como tan bien nos apuntó Sempronio, que “pasan de los cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su autoridad en esta ciudad”.

Por otro lado, por si nos quedásemos dubitativos respecto a dicha industria, el prestigioso hispanista A. Deyermond nos añade:

 Aun admitiendo bastante exageración hay que reconocer la productividad extraordinaria de Celestina, debida no sólo a la necesidad económica sino también a que este trabajo le apetece (“Yo le tengo odio a este oficio”, dice Elicia, “tú mueres tras ello”, VII, 236). En cuanto a las relaciones económicas entre las dos casas ricas y la de Celestina, consisten exclusivamente en el comercio sexual o en pretextos para él (vender el hilado).[5]

Por nuestra parte, tras la lectura y cotejo del anterior texto, creemos necesario volver a hacer hincapié en el carácter meramente eufemístico del sintagma “vender el hilado”, puesto que estamos plenamente seguros de que se trata de una mera connotación sexual, como habíamos señalado con anterioridad. Por otra parte, nos choca sobremanera no sólo la recalcitrancia sino también la eficacia y la calidad de las operaciones de la vieja zurujana, de la cual no sabemos si tendrían noticia los barberos, curiosos artífices presuntos émulos de Hipócrates que lo mismo que ponían sanguijuelas para efectuar copiosas sangrías, extraían muelas y practicaban otros innúmeros menesteres médicos de forma ambulatoria, supliendo, la mayoría de las veces, a los verdaderos zurujanos y galenos de la época, eventualidad de la que podemos dar fe al leer la tercera escena del acto VII:

 ELICIA. –¿Estas son tus venidas? Andar de noche es tu placer. ¿Por qué lo haces? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales para volver a casa. Por costumbre lo tienes: cumpliendo con uno, dejas ciento descontentos. Que has seído hoy buscada del padre de la desposada, que llevaste el día de Pascua al racionero; que la quiere casar de aquí a tres días y es menester que la remedies, pues que se lo prometiste, para que no sienta su marido la falta de la virginidad.

CELESTINA. – No me acuerdo, hija, por quién dices.

ELICIA. –¿Cómo no te acuerdas? Desacordada eres, cierto. ¡Oh cómo caduca la memoria! Pues, por cierto, tú me dijiste, cuando la llevabas, que la habías renovado siete veces.[6]

 Hablando de las presuntas devociones de la vieja, por si nos fueran quedando ciertas lagunas mentales acerca de la ubérrima actividad que intentamos reflejar, Sempronio, circunspecto, pero muy atinado, nos vuelve a apuntar:

 … Lo que en sus cuentas reza es los virgos que tiene a cargo, y cuántos enamorados hay en la ciudad, y cuántas mozas tiene encomendadas, y qué despenseros le dan ración y cuál mejor, y cómo les llaman por nombre, porque cuando los encontrare no hable como estraña, y qué canónigo es mas mozo y franco…[7]

Y ya para dar colofón a este sucinto apartado, y, quizá remedando al autor de esta monumental obra de la cual el mismo Menéndez y Pelayo nos dijo que “si Cervantes no hubiera existido, La Celestina ocuparía el primer lugar entre las obras de imaginación compuestas en España”[8], osamos a echar mano de uno de los más castizos refranes castellanos de nuestra propia cosecha, en cuanto a que “muerto el perro se acabó la rabia”, solamente para afirmar y concluir sin temor a yerro que Celestina ejerció el oficio de remendadora de hímenes casi hasta el mismo día en que murió degollada a manos de Sempronio y Pármeno, siendo dicha actividad el principal caudal de sus ingresos, como atinadamente nos lo recuerda por última vez Lucrecia en el comienzo de la segunda escena del acto XVI:

LUCRECIA. –¡Aun si bien lo supieses, reventarías! ¡Ya!, ¡ya! ¡Perdido es lo mejor! ¡Mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta Celestina. ¡Tarde acordáis! ¡Más habíades de madrugar!...[9]

 2. Los polvos de la madre Celestina

Desde luego, y salvando las enormes distancias cronológicas que nos separan de la época en que la vieja Celestina hacía de las suyas [id.], como hemos podido comprobar en el apartado anterior, no nos resulta muy difícil imaginarnos a la vieja alquimista de oficio recluida dentro de su infernal y desvencijado tabuco al lado del río, rodeada de alambiques, redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño y aun hechos de mill faziones…Y es que, para entenderlo, echamos de ver que nos encontramos en pleno Renacimiento hispano, donde comienzan a asomar las nuevas corrientes humanistas que, tras el abandono de las antiguas y oscuras teorías de los siglos precedentes, vg.: el teocentrismo, se vuelve la mirada plenamente hacia el hombre: antropocentrismo, como nuevo y único motor de conocimiento y aplicación de los métodos empíricos, en una fase de ascenso y mejora no sólo de la precaria economía del medioevo, sino también de la cultura. Ahora el hombre se siente miembro de pleno derecho de la naturaleza y abunda en ella a la busca de conceptos y materiales para intentar domeñarla; así que es en este ámbito donde tenemos que intentar ubicar a la vieja, como acertadamente nos señalan J. Martínez Ruiz y J. Albarracín Navarro en el excelente artículo que estamos consultando:

 La figura de la hechizera celestinesca es frecuente en nuestros siglos XV y XVI y es típico producto del anhelo del hombre renacentista por encontrar el camino que le lleva a un conocimiento empírico de la naturaleza, para dominarla.[10]

Empero para el fin que pretendemos: situar, entender y contextualizar a la vieja en sus oficios de perfumera y maestra de facer afeytes, es necesario leer con atención el siguiente parlamento de Pármeno, en el cual el criado nos va a ofrecer todo tipo de detalles sobre el singular laboratorio y la completísima gama de productos, enseres y otros artefactos que la vieja tenía a buen recaudo y bien clasificados, según su naturaleza, para hacer un uso idóneo de ellos. Con el fin de hacernos una idea aproximada de las menudeces y trebejos de dicha rebotica, vamos a subrayar en el párrafo que viene a continuación todas las existencias de la vieja alquimista:

 PÁRMENO. –… Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques, menjuí, animes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faiciones. Facía solimán, afeite cocido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas, unturillas, lustres, lucentones, clarimentes, albarinos. Y otras aguas de rostro, de rasuras de gamones, de cortezas de espantalobos, de traguntia, de hieles, de agraz de mosto, destiladas y azucaradas. Adelgazaba los cueros con zumos de limones, con turbino, con tuétano de corzo y de garza, y otras confaciones. Sacaba agua para oler, de rosas, de azahar, de jazmín, de trébol, de madreselvia y clavellinas, mosquetadas y almizcladas, polvorizadas con vino. Hacía lejías para enrubiar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de marrubios; con salitre, con alumbre e millefolia y otras diversas cosas. Y los untos y mantecas que tenía, es hastío de decir: de vaca, de oso, de caballos y de camellos, de culebra y de conejo, de ballena, de garza y de alcaraván; de gamo y de gato montés y de tejón, de arda, de erizo, de nutriaAparejos para baños –esto es una maravilla–, de las hierbas y raizes que tenía en el techo de su casa colgadas: manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza; espliego y laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje y higueruela, pico de oro y hoja tinta. Los aceites que sacaba para el rostro, no es cosa de creer: de estoraque y de jazmín, de limón, de pepitas, de violetas, de menjuí, de alfócigos, de piñones, de granillo, de azofeifas, de neguilla, de altramuzes, de arvejas y de carillas, y de hierba pajarera. Y un poquillo de bálsamo tenía ella en una redomilla, que guardaba para aquel rascuño, que tiene por las narizes (…) y remediaba por caridad muchas huérfanas e cerradas, que se encomendaban a ella. Y en otro apartado tenía para remediar amores y para se querer bien. Tenía huesos de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, tela de caballo, mantillo de niño, haba morisca, aguja marina, soga de ahorcado, flor de yedra, espina de erizo, pie de tejón, granos de helecho, la piedra del nido del águila y otras mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres y a unos demandaba el pan do mordían, a otros de su ropa, a otros de sus cabellos. A otros pintaba en la palma letras con azafrán, a otros con bermellón; a otros daba unos corazones de cera, llenos de agujas quebradas, y otras cosas en barro y en plomo fechas, muy espantables al ver. Pintaua figuras, decía palabras en tierra. ¿Quién te podrá dezir lo que esta vieja hacía? y todo era burla e mentira.[11]

Leído el anterior speech parmeniano, pensamos en que sobran las palabras: casi nos hemos quedado atónitos, ¡y no exageramos!, no, ante el presunto conocimiento de la vieja en cuestiones de farmacopea, que pensamos que en nada envidiaba, salvando las distancias, obviamente, a la farmacia actual, y el sofisticado elenco de accesorios [que hemos señalado en cursiva] y demás plantas y minerales [id. en negrita] usados por la vieja alquimista de cara a la elaboración de sus confaciones.

Estamos plenamente convencidos de que nos resultaría muy largo y farragoso enumerar y describir con minuciosa precisión [id.] todos los materiales y artefactos señalados; pero, no obstante, y siguiendo a los dos magníficos autores consultados, vamos a señalar solamente algunos de los productos que coinciden con los anotados por estos autores, y, de manera especial, los que resultan acaso más conocidos para el vulgo, y que ellos, por otra parte, han reflejado en concomitancia con los del excepcional manuscrito árabe de Ocaña[12], vg.:

 –Útiles de rebotica: los barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, redomillas, alambiques…

 –Aguas para oler: clavellinas, mosquetadas y almizcladas, polvorizadas con vino.

 –Azucarados; aceite de neguilla.

 –Perfumes: algalia, almizques, argentadas, aguas de rostro, aguas de rosa, aguas de mosto.

 –Hieles: de grulla, de carnero, de corzo, de cuervo…

–Tuétanos de corzo y de garza y otras confaciones.

–Untos y mantecas.

 –Mil cosas: excremento de corzo…

 –Remedios para remediar amores y quererse bien: hueso de corazón de ciervo, lengua de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, tela de caballo, mantillo de niño[13], piedra de nido de águila…

 –Yervas y rayces: manzanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronilla, flor de saúco y de mostaza, espliego y laurel blanco; tortarosa y gramomilla, flor salvaje e higueruela, pico de oro, y hoja tinta.

 –Amuletos: unos corazones de cera llenos de agujas quebradas y otras cosas de barro y de plomo hechas…

 –Pinturas en las palmas de las manos: azafrán, bermellón.

Tras el conciso epítome anterior y, llegados a este punto, estamos totalmente de acuerdo con los dos autores antes citados, cuando éstos nos apuntan lo siguiente:

 Considerando con Criado del Val La Celestina como obra resultado de una larga y accidentada elaboración, con extensa suma de elementos medievales y renacentistas, pensamos que su autor, el judío converso Fernando de Rojas, conocedor del árabe y del hebreo, pudo documentar el pasaje de La Celestina sobre farmacopea y magia en la lectura de tantos libros árabes y hebreos de su época que trataban de remedios médicos, secretos de tocador.[14]

Por otra parte, y, ya para concluir este prolijo apartado, nos gustaría señalar –siguiendo a otra de las excelentes autoras consultadas, dentro del campo de los cuidados ginecológicos–, una de las más genuinas especialidades de la vieja remendadora:

 Destacan por sus múltiples aplicaciones ginecológicas dos sustancias que quiero mencionar. el humo de plumas de perdiz, útil entre otras cosas para el <<mal de madre>> [dolencia de la matriz] como el que aqueja a Areusa, junto con la hiel de perdiz, que acelera el parto, es afrodisíaca, provoca la leche de la recién parida y contiene firmes los pechos de las mujeres. Por su parte la tartarosa (o tortarosa) y gramomilla debía de ser el fármaco esencial en la botica celestinesca pues, además de soldar heridas y fracturas, ser un regulador menstrual y fertilizante femenino, tiene otras virtudes no menos importantes, a saber, cierra la vagina, con lo que –según Laguna [Andrés, médico de la corte de Carlos V]– <<se pueden mil vezes vender por vírgenes las que desean más parecer en efecto doncellas>>, y mantiene firmes los pechos femeninos: <<las vuelve como manzanicas de San Juan>> –dice el propio Laguna.[15]

 3. Celestina hechicera: la philocaptio de Melibea

No bien llegamos a la escena IIª. del acto IIIº., vamos a toparnos con la más auténtica Celestina bruja y hechicera en pleno apogeo activo: se trata del conjuro a Plutón; tras leerlo, enseguida nos damos cuenta de que nos encontramos ante un texto tan denso como elaborado, dotado además de un ingenioso alarde de espectacularidad literaria por parte del bachiller Rojas, visto siempre desde la total ficción y ambigüedad que caracteriza a toda obra de arte, claro está. La vieja, usando ciertas sustancias demoníacas trata de envenenar el hilado que provocará la philocaptio de Melibea. Dicha acepción se consideraba en aquella época como “una enfermedad amorosa (locura de amor), estaba tipificada en la mayoría de los manuales de magia coetáneos, y condenada, bien por creer en el mago que la provocaba o bien por considerarla un acto supersticioso”[16]. Por otra parte, por si no resultase suficiente lo dicho más arriba, “Pedro M. Cátedra documenta ampliamente la práctica y la creencia de la philocaptio medieval y relaciona determinado uso de la magia con su contexto de ideologías amorosas y con un ambiente universitario y científico concreto”.[17]

Como hicimos con el anterior parlamento de Pármeno en el apartado anterior, sin ánimo de repetirnos, también en éste subrayaremos como mera curiosidad gráfica los diferentes materiales que la vieja reclama a Elicia para la realización de esta especie de pacto con el diablo. Después disfrutaremos con su lectura, puesto que pensamos que el texto que sigue no tiene desperdicio, sobre todo si lo enfocamos bajo el prisma exclusivo del humor y nos olvidamos un poco del pertinaz contexto trágico que la mayoría de las veces (por no decir todas) han otorgado a esta joya medieval gran parte de los peritos de la literatura:

 CELESTINA. –Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baja acá el bote del aceite serpentino, que hallarás colgado del pedazo de la soga, que traje del campo la otra noche, quando llovía e facía escuro. E abre el arca de los lizos e hacia la mano derecha fallarás un papel escrito con sangre de murciégalo, debajo de aquel ala de drago, al que sacamos ayer las uñas. Mira, no derrames el agua de mayo, que me trajeron a confacionar.

ELICIA. –Madre, no está donde dices; jamás te acuerdas cosa que guardes.

CELESTINA. –... Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja del gato negro, donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás. Y baja la sangre del cabrón y unas poquitas de las barbas, que tú le cortaste.

ELICIA. –Toma, madre, veslo aquí…

CELESTINA. –Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los hervientes étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos e atormentadores de las pecadoras ánimas; regidor de las tres furias, Tesífone, Megera e Aleto, administrador de todas las cosas negras del reyno de Estigie e Dite, con todas las lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras. Yo, Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza destas bermejas letras; por la sangre de aquella noturna ave con que están escriptas; por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen; por la áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado: vengas sin tardanza a obedescer mi voluntad, y en ello te envuelvas y con ello estés sin un momento te partir, fasta que Melibea con aparejada oportunidad que haya lo compre; y con ello de tal manera quede enredada que, quanto más lo mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición, y se le abras e lastimes de crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que, despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis passos e mensaje. Y esto hecho, pide y demanda de mí tu voluntad. Si no lo haces con presto movimiento ternásme por capital enemiga: heriré con luz tus cárceles tristes e escuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra y otra vez te conjuro. Así, confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo envuelto.[18]

Además de los útiles que emplea la vieja para realizar el conjuro, tras la lectura de esta escena, nos resulta muy interesante asimismo la dilatada retahíla de epítetos –que subrayamos– con los que la sexagenaria pitonisa de turno se dirige a Plutón:

 señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los hervientes étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos e atormentadores de las pecadoras ánimas; regidor de las tres furias, Tesífone, Megera e Aleto, administrador de todas las cosas negras del reyno de Estigie e Dite, con todas las lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras…[19]

 … en dicho párrafo podemos comprobar no sólo el total dominio del idioma, sino también el genial alarde de recursos literarios y conocimientos del tema que está tratando Rojas.

Una vez que hemos leído el anterior parlamento de la vieja, haciendo un gran salto en el vacío para regresar a los compulsivos tiempos en que vivimos, comprobamos, dándole la razón a la autora de este fantástico artículo que consultamos, coincidimos con ella en la necesidad de señalar la disparidad de opiniones respecto a si la magia “existe”; y esta misma autora nos señala muy acertadamente lo que sigue:

 Lo que sigue dividiendo a los críticos no es si la magia “existe”, lo que parece fuera de toda duda aunque sólo sea por su presencia ostensible en la obra, sino si debe considerarse un elemento sólo ornamental, o incluso de verosimilitud, o por el contrario, las artes negras de la vieja son útiles para enamorar a Melibea, es decir, hacen de la protagonista una víctima de la philocaptio (…). Representan a la primera posición (la escasa eficacia de los hechizos, o del mundo sobrenatural, para despertar el amor de Melibea) críticos como Menéndez Pelayo, Madariaga, Laza, Palacios, Toro-Garland, Sánchez y, ahora, Garrosa. Por el contrario, ven valor funcional a la magia Rauhut, Caro Baroja, Maravall, Ruggerio, Finch, Rico y, sobre todo, Rusell, quien llega a denominarlo “tema integral” y no ancilar de la Celestina. A esta última posición se suma Pedro M. Cátedra, citado anteriormente.[20]

Si lo miramos desde el punto de vista anterior, y a pesar de las finas matizaciones inherentes al texto antepuesto, añadimos que nos quedan grandes dudas sobre el enfoque que el autor nacido en La Puebla de Montalbán ha querido dar a la magia en La Celestina; ya hemos aludido no sólo a la anfibología inherente a todo ingenio sino también a toda gran obra de arte. Desde nuestro fiel prisma visual, ante esta tesitura, nos atrevemos a decir, sin presupuestos de ninguna clase, que seguimos pensando en la total incompatibilidad de la brujería con la rígida moral cristiana de la época medieval, sabiendo de antemano que la Inquisición no dudaba en cortar por lo sano todo tipo de prácticas relacionadas con estos ritos y conjuros paganos. Prestigiosos autores y antropólogos, vg. Caro Baroja, nos han hablado largo y tendido sobre el asunto y, para profundizar en la brujería, sería necesario acudir a ellos, cuestión que ya se nos sale tanto del ámbito como del propósito y extensión de este modesto trabajo.

Para concluir esta tarea tenemos para nosotros y estamos totalmente de acuerdo con el autor que consultamos en este momento, de modo que añadimos lo que él nos expone, acudiendo para ello a <<las últimas palabras de Melibea, que es con Pleberio la última ofuscada por los siguientes razonamientos pseudofilosóficos: “Tu señor… ves cuán cativa tengo mi libertad”. Con dicha confesión comprobamos que aunque tiene “el corazón embargado de pasión”, no tiene del todo “presos sus sentidos”>>.[21]

Bajo este etéreo punto de vista, y acaso para intentar desterrar nuestras perpetuas y cartesianas dudas, el excelente autor que consultamos nos vuelve a apuntar, muy oportunamente, lo siguiente:

 En este tenor habría que interpretar el arduo problema de la significación magia en la obra. Creo no errar sugiriendo que, creencias del tiempo y rasgos folklorísticos aparte, Rojas presenta las oraciones de Calisto y los ritos plutonianos de la hechicera para granjearse la voluntad de Melibea, en el mismo nivel mágico y supersticioso. Es decir, y creo no inyectar ideas modernas a este respecto de la intención de Rojas, lo divino funciona en La Celestina con igual eficacia que lo diabólico; a saber, con ninguna. Por el contrario, el hecho de que la rendición de Melibea sea atribuida por Calisto a sus oraciones y por la tercera a Plutón sería razón suficiente para afirmar el distanciamiento, la inhibición y abstención personal de Rojas para decidirse por uno u otro de estos factores “causales”, por no creer en ninguno de ellos. La incongruencia de los que insinúan que, de escribir su obra hoy, Rojas haría suministrar a Melibea alguna droga afrodisíaca, queda manifiesta si se considera la diferencia entre algún factor químico y otros que no lo son.[22]

 

 

     Bibliografía

  CRIADO DE VAL, M. y SOLÁ SOLÉ, J. M. (dirs.) (1977), La celestina y su contorno social, Actas del I Congreso Internacional sobre La Celestina, Barcelona: Borrás Ediciones.

 DEYERMOND, A., “Divisiones socio-económicas, nexos sexuales: la sociedad de Celestina”, en Celestinesca, vol. 8, otoño 1984.

 GASCÓN VERA, E. (1983), “Celestina: dama filosofía”, en Celestinesca, vol. 7, otoño.

 KULIN, K. (1980), “Leyendo a Celestina”, en Celestinesca, vol. 4, mayo.

 MENÉNDEZ y PELAYO, M. (1943), Orígenes de la novela, III, Madrid: “Edición Nacional de las Obras de Menéndez y Pelayo”, XV.

 ROJAS, F. de, La celestina, Barcelona: Salvat Editores S.A. –Alianza Editorial, S.A., 1970.

 ––– (1969), La Celestina, Barcelona: Círculo de Lectores, S. A.

 ROUHI, L. (1998), <<“… y otros treynta officios”: The definition of a medieval woman’s work in Celestina>>, en Celestinesca, vol. 22. 2, otoño.

 VIAN HERRERO, A. (1990), <<El pensamiento mágico en Celestina, ‘instrumento de lid o contienda’>>, en Celestinesca, vol. 14, noviembre.

Notas

[1] ROJAS, Fernando de (1969), La celestina (p. 116).

[2] Ibíd. (pp. 122-123).

[3] Ibíd. (p. 123).

[4] Ibíd. (p. 126).

[5] DEYERMOND, Alan (1984), “Divisiones socio-económicas, nexos sexuales: La sociedad de Celestina”, en Celestinesca (p. 4).

[6] Ibíd. op. cit. en nota 1 (p. 236).

[7] Ibíd. (p. 255).

[8] MENÉNDEZ y PELAYO, M. (1943), Orígenes de la novela, III (pp. 335 y 393).

[9] Ibíd. op. cit. en nota 1 (p. 356).

[10] MARTÍNEZ RUÍZ, J. y ALBARRACÍN NAVARRO, J. (1977), “Farmacopea en La Celestina y en un manuscrito árabe de Ocaña, en La celestina y su contorno social (p. 409).

[11] Ibíd. op. cit. en nota 1 (p. 124-126).

[12] Nos hemos limitado a transcribir los siguientes términos. Insistimos en que para profundizar en el léxico y en las aplicaciones de los productos destinados a las pródigas actividades celestinescas, véase MARTÍNEZ RUÍZ J. y ALBARRACÍN NAVARRO, J. (1977), “Farmacopea en La Celestina y en un manuscrito árabe de Ocaña, en La celestina y su contorno social (pp. 412-419).

[13] VIAN HERRERO, A. (1990), <<El pensamiento mágico en Celestina, ‘instrumento de lid o contienda’>>, en Celestinesca (p. 57). Cito por esta autora: Se trata, según Daniel Devoto (“Un ingrediente de Celestina”, Filología 8 [1962], 97-104) de la cofia fetal, amnios, sustancia que cubre la cabeza de algunos recién nacidos; según distintas supersticiones de variadas culturas es un amuleto de poderes extraordinarios y porta la felicidad.

[14] Ibíd. op. cit. en nota 10 (p. 411).

[15] Ibíd. op. cit. en nota 13 (pp. 55-56).

[16] Ibíd. (p. 43).

[17] Ibíd. (pp. 42-43).

[18] Ibíd. op. cit. en nota 1 (pp. 162-164).

[19] Ibíd. (p. 163).

[20] Ibíd. op. cit. en nota 10 (pp. 42-43).

[21] ALCALÁ, A. (1977), “Rojas y el neoepicureismo. Notas sobre la intención de La Celestina y el silencio posterior de su autor”, en La Celestina y su contorno social (pp. 44-45).

[22] Ibíd.

jueves, 6 de octubre de 2022

Rumbo al Rastro

Rumbo al Rastro

  

La sincrónica cantinela electrónica del telefonino, harto familiar para él, les avisó puntual acerca de la hora de inicio de las nuevas actividades, en un domingo que presentían también acentuado, tanto o más que las dos instructivas jornadas anteriores. Empero, este último día lo afrontaban quizás con un poco de pena ante la rapidez del tiempo consumido, aunque con el fehaciente consuelo de que aquél estuvo muy bien aprovechado. Ya bajan por las empinadas escaleras que les separaban de su anterior y eventual aposento del alto mostrador de recepción, adonde acudían cargados con los equipajes para dejarlos cerca del pequeño cubículo, como tenían previsto. Quedaron con la servicial señora en volver por ellos alrededor de las cinco de la tarde. Han dejado ya pagada la cuenta de esta pequeña estancia, ascendió a 114 €, con el estacionamiento del coche incluido, lo que considerando la equilibrada relación precio-calidad resultaba muy interesante, a tener en cuenta para otros futuros saltos a la capital; ahora, eso sí, acaso disponiendo de unos días más de los que disfrutaron en esta fugaz ocasión. Sin embargo, el Madrid deseado por ellos, ya lo habían sorbido con intensidad, a pesar de quedarles aún bastantes aspectos por descubrir. 

Salieron a la calle Ventura de la Vega y se encaminaron a la plaza de Santa Ana en busca de un buen desayuno; por suerte encontraron abierta la acogedora cafetería en donde anoche culminaron la intensa fecha anterior. Pidieron café, chocolate, zumos..., además de la típica bollería con mantequilla y mermelada. Se estaban reponiendo para comenzar un nuevo ciclo, el último de este interesante viaje, con la imperiosa y halagüeña perspectiva del Rastro, barrio al que se dirigieron nada más terminar de restaurar las fuerzas necesarias para su inminente asalto. Para ello se encauzaron hacia la plaza de Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura en 1922; aunque dicho galardón tenían que habérselo concedido a Unamuno, de no haber intercedido con tanta terquedad en su contra el frívolo monarca borbónico (o, mejor dicho, bobónico) de su tiempo.

Por Romanones llegaron a la plaza Tirso de Molina y, ruando por Duque de Alba, salieron a la calle de los Estudios. En muy breves minutos aparecieron en la plaza más castiza de la ciudad. Allí contemplaron la talla dedicada al famoso héroe pirómano madrileño: Eloy Gonzalo García, por su nombrada hazaña en Cascorro, provincia de Camagüey, en el año 1897, durante la guerra de Cuba. Fue una heroica gesta protagonizada por el Eloy. Con la ayuda de una lata de combustible, éste prendió fuego al lugar en el cual se parapetaban algunos de los insurgentes antillanos. Se trata de un monumento situado en el centro de su homónima rotonda, que usurpó la anterior nomenclatura de dicha plaza, dedicada en su día al insigne político Nicolás Salmerón.

 

Ya se encuentran en pleno descenso por la famosa Ribera de la Curtiembre, repleta de madrugadores cambalacheros, taimados chamarileros, vendedores de cueros, bisutería, ropa nueva, vaqueros... e invadida en todos sus rincones por los habituales artículos y trebejos, normales también en cualquier zoco de pueblo o pequeña capital: muebles, herramientas de todo género, enseres del hogar, quincallería; infinito número de cachivaches y objetos abandonados, desechados por sus anteriores dueños con agudizado y patético desprendimiento, pero sin duda alguna justificados por la mera necesidad; innumerables trastos, todos ellos revestidos por un indeleble matiz de antigüedad, a veces enterrado, bajo el sarcófago de una gruesa costra de roña.

La planta de esta zona es lo más parecido a un supuesto gran triángulo, en pronunciada pendiente, cuya base es la Ronda de Toledo, que discurre desde la glorieta de la Puerta de Toledo hasta la glorieta de Embajadores. Un lado del trígono, el derecho en sentido ascendente, lo forma la calle de Embajadores, que sube a partir de la glorieta del mismo nombre y finaliza en la plaza de Cascorro. El otro flanco de la figura geométrica lo forma la calle de Toledo. Del supuesto vértice, opuesto a su base, en la plaza del héroe, arranca en descenso la Ribera de Curtidores y divide en dos casi simétricas mitades este animado y multicolor polígono, que a su vez se encuentra poblado por todo tipo de gentes y personajes, desde infinidad de representantes de otras razas y países, sencillas y llanas del pueblo, de la clase media..., hasta personajes de la más rancia burguesía. De vez en cuando también se contempla, a pesar de estar camuflado entre las raleas anteriores, a algún despistado personaje de la licenciosa aristocracia madrileña.

Presentían los dos paseantes provincianos, cuando pensaban en los innumerables negocios e industriosos trapicheos del mítico, rico, estoico y frugal tío Carcoma, que el Rastro habría tenido muchos y mejores años, en unos tiempos más que animados, en los cuales, en muchas ocasiones, los hábiles artesanos, tan agobiados como los repentinos merchantes y los espurios anticuarios, montaban y desmontaban sus propias casas para ponerlas a la venta.

Aquel domingo, lo que ambos percibían no era más que un auténtico y desmedido comercio, exacerbado por la voraz sociedad de consumo de nuestros días, en la que también gastamos inapelablemente nuestra ajetreada y efímera existencia. La pareja pensaba en la posibilidad de encontrar verdaderas genialidades al mejor precio; pero con cierto temor, ante la gran oleada de robos y falsificaciones ejecutadas por verdaderos artífices del fraude y trapicheo, organizados a la perfección en sus clanes y mafias. Así y todo, concluyeron en que aquélla resultaba una maravillosa forma de pasar una mañana de cualquier domingo y disfrutar como niños grandes, inmersos en aquel ambiente tan castizo como mundano. Pararon en pleno descenso ante un puesto de libros, casi al final de la Ribera de Curtidores; abundaban en el stand los viejos australes, algunos no tan antiguos, al precio de 1,80 € por unidad. Tomás adquirió tres ejemplares a la pareja de comedidos y maduros libreros. Se trataba de Nueva York, de Paúl Morand, impenitente viajero y diplomático; La antesala del infierno, de Alfredo Marqueríe, y La sombra de Peter Wald, de Alberto Insúa, títulos todos ellos difíciles de encontrar, descubiertos hoy, por suerte, en esta gran colección compuesta por más de dos mil referencias y que es poseída al completo por Antonio Gala. Desconozco si éste la tendrá colocada más allá o más acá del jardín, al lado de la cocina, o en el cuarto de baño; ahora bien, tanto a Tomás como a mí nos gustaría tenerla si llegara la oportuna ocasión, aunque éste me dijo un cierto día que dispone de poco espacio en su pequeño piso, que precisamente, compró para ponérselo a sus libros.

Ya han llegado a la Ronda de Toledo; se detuvieron en el chaflán formado con Arniches, delante de un tenderete pleno de aparatos de todo tipo, y presenciaron, inalterables, con harto disimulo e íntima emoción (para no mostrar excesivo interés ante los avispados vendedores), el soñado teléfono tan deseado por la caprichosa morena. Se trata de un intercomunicador con caja metálica esmaltada de un blanco ebúrneo, ensamblado con algunas piezas de latón pulido, y, a su vez, una lograda réplica de los modelos Art Decó de los años veinte, fabricado por la mejor Telefónica de España. Bonito ejemplar; la pareja pensaba en su correcto funcionamiento al contemplarlo sobre la atestada batea. El aparato se mostraba decorado con un clásico esmalte de reminiscencias goyescas en el interior del disco numérico, y lo suponían listo para, nada más llegar a casa, conectarlo a la red. Ella preguntó el precio; le pedían noventa euros, contestó que lo pensará. Él se fijó en varias cámaras digitales, ya que, desde que entró en el complejo mundo de la informática, sintió un especial gusanillo por la posesión y manejo de uno de estos modernos y multifuncionales aparatos. Tomó la mejor del tablero y preguntó el precio a un bigotudo señor con pinta de perista, que se mostraba forrado con hermeticidad por una chupa basta de piel negra; éste le contestó que 500 €. Se trataba de una Canon del tamaño de un paquete de cigarrillos, que ofrecía un aspecto impecable; él pensó que por ese abultado importe acaso pudiese comprar una nueva en el comercio, con todas las garantías y manuales de instrucciones. El hipotético perista tenía otra cámara encima de la batea expositora: una HP, por la que le pidió 200 €; al final Tomás desechó las dos ofertas sin dar explicaciones. En realidad, si hallase un buen chollo se decidiría; pero como no conoce bien el asunto por tratarse de una cosa nueva para él, esperará otra mejor ocasión; si bien le gustó, a más no poder, la primera observada y palpada.

Continuaron el pintoresco y entretenido itinerario para llegar a la plaza del Campillo; recorrían los puestos con la esperanza puesta en el objeto deseado, que esperaban les encontrase a ellos, como sucedió con el teléfono de su inquieta acompañante. Miraban de forma ligera los libros amontonados sobre el copado suelo, según aparecían ante sus cansados ojos, delicados órganos, muy cansados ya; mas no dejaban de percibir las diferentes escenas para transmitirlas al cerebro, transformándolas en el acto en innumerables e íntimas sensaciones; además de las múltiples escenas que emergían dotadas de un colorido y de una belleza plástica inconmensurable, por la colosal vitalidad que a primera vista desprendían, que la pareja asimilaba de inmediato tras su atenta contemplación. Reparaban en cantidad de relojes de pared, la mayoría de ellos deteriorados, cansados de medir el infalible tiempo que poco a poco nos va anulando; aunque hayamos tenido la brillante idea de medirlo con estos tan vetustos como ingeniosos artilugios de sencilla mecánica, a partir del feliz momento en que Galileo descubriese, entre otras maravillas, las leyes del péndulo, y el físico y relojero holandés Chistian Huygens las materializase, aplicándolas acto seguido con el fin de regular la irregular marcha de estos maravillosos aparatos. ¡Con el paso de los siglos se logró colocar todos esos enrevesados engranajes en un reloj de pulsera! Ahora la mayoría de estos increíbles artefactos funciona con la energía eléctrica absorbida de diminutas pilas alcalinas, e incluso, los de pulsera, cuentan el tiempo accionados con pilas de botón de muy bajos voltajes, causantes del movimiento electrónico a cuarzo; ahora bien, con una exactitud anual de escasos segundos. ¿Qué te parece, Galilei?

 

Subían por Carlos Arniches, entrando con arrojo en casi todas las almonedas y anticuarios, comprobando que cuantos más establecimientos veían, más aparecían; eso sí, en todos ellos inhalaban un olor característico a humedad, mugre y miseria, lo que nunca resultaba óbice para que estos cuchitriles apareciesen saturados de los más inverosímiles artilugios y chirimbolos que unas veces aparecían cubiertos de polvo en su totalidad, y, otras, bien conservados y presentados. Todos estos dispares objetos y curiosidades representaban de modo fehaciente las tendencias, modas y atrevidos diseños desde los lejanos tiempos en que reinó Carolo hasta nuestros agitados días. Las librerías de viejo, por no decir casi inmundas traperías vetustas, húmedas, sustentadas por viejas vigas de roble entre los vanos de sus carcomidas paredes –opinaba Tomás–, aparecían repletas de papel: tapizadas hasta el techo por miles de ejemplares. Esta contingencia no sólo desanimaba a Tomás sino que también le disuadía de castigarse la vista en tan más ardua tarea cuanto más desligada garantía de encontrar algo de su agrado, dentro de su habitual línea literaria. Aun así, a veces preguntaba por los aleatorios autores favoritos, que siempre llevaba en la mente. Aunque, bien mirado, este gesto, en apariencia normal, podía ser un excelente motivo para que luego los sagaces y avisados comerciantes sobrevalorasen sus existencias a causa del pertinaz empeño demostrado por el potencial cliente sobre los escritores solicitados.

En una de estas librerías le atendió una admirable fémina del más puro estilo de estos barrios madrileños. Vestía un acertado conjunto de tono oscuro formado por una escueta falda de piel que dejaba adivinar, de forma muy clara, sus bien torneados y monumentales muslos, y su soberbia cadera de matrona; portaba un suéter fino y ajustado que textualmente informaba de su seno, generoso y turgente; una chaqueta de punto fino, a juego con las medias; y unos zapatos charolados de medio tacón del mismo tono antracita que todo lo anterior, pero sujetos al sobrio empeine por una gran hebilla dorada. Exhibía una cara sugestiva, de mirada profunda, inteligente, de la que emanaba una plasticidad que a Tomás le hacía evocar la conocida efigie de la mujer morena del disoluto Romero de Torres. Estaba dotada de una melena espléndida, suelta, poblada por un cabello negro tizón, brillante, enmarcando un perfecto ovalo facial entre sus crenchas. Lucía una boca agraciada, que se mostraba pulcra, impecable, adornada, además, por una dentadura excelente, ¡blanquísima!, cuyas piezas dentales le recordaban a Tomás la dentición mostrada por Concha Velasco antes de besar a José Sacristán en una bella escena de cama de La Colmena: una película excepcional llevada al cine por Mario Camus. Cuando el paseante se dirigió a la librera para indagar e interpelarle acerca de los autores buscados, ésta permanecía estatuaria, cual esfinge de Gizeh en su estratégico puesto de observación, situado a un metro de la angosta puerta de acceso. Ella le contestó regalando con un halagador timbre de voz a los oídos del interpelante, e impregnado de un acento tan delicado como seductor, de lo más cañí... A la librera le sonaban los novelistas citados por Tomás; ahora bien, en cuanto a la posibilidad de formar parte de las abundantes existencias del variopinto fondo editorial de dicho tabuco, los resultados se le tornaban negativos al presunto buscador de tesoros. No obstante, el bibliófilo le dio las gracias mientras se encaminaba al exterior, un tanto desilusionado; pero siempre acompañado por su dulce Anita, como llamaba con afecto Tomás a Míriam cuando, ésta, con su carita de no haber roto nunca un plato, le recordaba a la efigie de la Belén. Él contraste nacarado de las de tres filas de perlas del collar que circundaba, lujoso, el cuello, moreno, de la responsable del negocio, haciendo base sobre su excepcional espetera; la arquitectura perfecta, y la deslumbrante nitidez de su dentadura, resplandeciente, le habían impactado al buscador de tesoros; pero, sobre todo, la voz de la librera de fortuna le dejó maravillado hasta el éxtasis. Y es que éste, en un momento, dado había oído en la parte más interna del local: “¿Tenemos Mobidí, Hortensia? –precioso nombre para Tomás–, ¿Mobidí, Mobidí... Hortensia? ¿Dónde está Mobidí?” Esta cantinela hacía alusión, sin ninguna duda, a la conocida ballena blanca de Melville, y era expelida, de forma tan repetitiva como cantarina, por una voz que, a su vez, salía a borbotones de las tensas cuerdas vocales de una especie de ayudante vivaracho, desdentado y cobrizo: un rapaz de unos doce años, al que contestó presurosa la supuesta dueña: “Alberto, lo tienes en la primera estantería del fondo a la derecha, si no lo alcanzas voy yo, cielín”...

Tomás pensó hasta el crítico momento en que escuchó su nombre, ampuloso y botánico..., que podía haber denominado a Hortensia, sin ningún tipo de dudas, la más bella mujer de negro que jamás presenció en Carlos Arniches...

 

Mira el Río Alta, Bastero, Mira el Río Baja, Callejón Mellizo, Maldonadas, calle del Carnero...: callejones repetidos y abigarrados en donde se atinaba de todo..., o todo les encontraba a ellos. En alguna de las almonedas, numerosas y abarrotadas, de las travesías anteriores, volvieron a ver el mismo teléfono: el aparato culpable del delirio femíneo de Míriam. Preguntaron el precio, este último resultó más caro que el que habían visto en el primer puesto situado en plena calle. Sin más, ella decidió adquirir el primero, pensando en pagar sobre los 85 €. No les quedó más remedio que volver aprisa al tenderete ubicado al principio de la Ronda de Toledo; pero ahora con la incertidumbre de la posible venta del aparato. Conque descendieron de forma apresurada por Carlos Arniches, driblaron con habilidad al personal ascendente y enseguida estuvieron de nuevo ante el puesto inicial. Por fortuna, al llegar a la meta, seguía contemplándoles airoso, desafiante, el soñado artilugio inventado por Bell. Ella preguntó el precio; ¡le pedían 100 €!, es decir, diez euros más que la primera vez. Al cabo, Míriam, ayudada por Tomás, mediante un pequeño forcejeo con los dos jóvenes chamarileros, lo consiguió en 85 €, cifra ofrecida a priori por mi colega. La cámara más cara se había mercado, pero quedaba aún la HP, que no dudaron de su venta por el ladino perista, dado el actual auge que estaba tomando la fotografía digital. Ella había quedado contenta con su reciente adquisición y transportaba con celo inaudito su capricho añorado dentro una bolsa blanca de plástico; asimismo, él se mostraba risueño, por ver satisfecha a su compañera. De esta guisa, volvieron a subir por Arniches.

 

Una pareja representante de alguna de las nutridas ramificaciones eclesiásticas actuales, no sabían si del día antes o del posterior; si de los testigos, mártires, protestantes, calvinistas, cuáqueros, mormones, metodistas o adventistas se abría camino, trepando con paso decidido hacia la plaza avistada. Ella era una rubia trigueña; llevaba la melena lisa, se le apreciaban unos grandes ojos azules y, además, destacaba la hermosura de su cuerpo. Aunque caminaba con una discreta cojera, su silueta sobresalía entre el variopinto gentío, por su impoluto atuendo; y es que su singular ropaje consistía en una dalmática blanca, amplia, con la cual avanzaba sin complejos, mirando, hierática, al personal –según Tomás–, dado su afán imperioso de proselitismo. En la mano diestra exhibía en alto un grueso tomo o presunta Biblia. Su compañero, alto, enjuto, cetrino, avanzaba a su izquierda; vestía traje oscuro y suéter gris marengo de cuello vuelto, calzaba sonoros botines; llevaba el rostro protegido por unas grandes gafas ahumadas, y el labio superior, leporino, aparecía poblado por un gran bigote castrense. De esta forma, con su pretendida y fecunda pilosidad, trataba de disimular la indisimulable cisura. A golpe de megáfono voceaba sin complejos: Él es Dios, en él está la solución..., Él es Dios, en él está la solución..., Él es Dios, en él está la solución... Con una cadencia de voz isócrona, metálica, ambos santones culminaron el fuerte declive para terminar desapareciendo mezclados, absorbidos y disueltos por la vorágine comercial del heterogéneo gentío que poblaba la animada plaza del General Vara del Rey.

También ellos coronaron la cuesta a su paso de nuevos, curiosos y muy asombrados visitantes al concurrido lugar, referencia insustituible en la visita al Rastro. Decidieron hacer un alto en el camino y entraron en el café de la plaza oblonga; se trataba de una gran tasca, de su animado interior emanaban apetitosos olores de freiduría. Los calamares a la romana, deliciosos, recién atrapados del aceite de la freidora se tornaban como protagonistas y culpables de tales efluvios. Pidieron dos vermús de grifo, en plan de prueba, con la correspondiente tapa; a los cinco minutos les sirvieron el solicitado plato de dorados y anillados cefalópodos fritos, humeantes y tiernos; fue un aperitivo sabroso que hizo las delicias de sus ávidos paladares. Apuraron las ricas frituras, regadas con los aperitivos añejados de manera artificial, para ir sentando base en los estómagos, ya necesitados, a lo largo de tres horas de intenso andar, ver y gozar por todos los rincones de este barrio tan auténtico e insustituible. Tras abonar este pequeño, pero muy reparador tentempié, salieron de la repleta taberna. Husmeaban en relajada actitud de bureo buscando el imaginario tenderete de ropa vaquera; sin embargo, no lograron localizarlo; mas esta contingencia no les importó, porque siguieron gozando de lo lindo con la vista clavada en la multitud de los más dispares objetos que de continuo les brindaban los atildados responsables de los tenderetes, los que pagaban puntual y religiosamente la licencia municipal... y también los numerosos y oscuros espontáneos que extraían la mercancía del fondo abisal de los bolsillos de sus gabardinas, sobadas, y les ofrecían, desde cajas de condones de todos los tamaños, texturas, sabores y colores, mecheros, gafas de sol, paquetes de tabaco de etiqueta azul, lotes de pilas alcalinas y de botón, hasta nutridas piñas de rutilantes Omegas, Tag Heuer y Rolex (Troles) espurios. Al final descartaron el proyecto anterior de las prendas carismáticas tejanas; mas esta renuncia no les fue obstáculo para que siguiesen deambulando con denodada insistencia durante un buen rato, demorando al máximo el momento de pasar a otra fase; eso sí, sin abandonar aún la atiborrada plaza del barrio más castizo de la villa matritense, que ya inspiró en su día a todos los poetas y escritores de la generación del 98, desde Gómez de la Serna... a Pío Baroja.

 

Un cartel clavado entre las coyunturas desvencijadas de un muro recio de mampuesto, paredaño al de la vistosa fachada del bar en donde tomaron el reparador y rico aperitivo, anuncia: libros de Pío Baroja a 10 € unidad. Con la rapidez de un resorte se acercó Tomás para verlos de cerca. Hizo la pertinente inspección agachado, en cuclillas, una postura nada favorable para su machacada espalda; si bien, la ocasión lo merecía por tratarse de una vieja colección editada en 1919 por Caro Raggio, cuñado del impío don Pío y padre del antropólogo Julio Caro Baroja. Esta particular remesa estaba compuesta por una veintena de títulos, muchos de ellos, o bien mi colega los tenía colocados en sus artesanales estanterías, o ya los había leído. No obstante, tomó algunos en sus manos para echarlos una ojeada; en el acto notó su deplorable estado, con incontables orificios en sus páginas, causados por la carcoma y el resto de los parásitos xilófagos típicos: devoradores de la madera, harto golosos e insaciables con la pasta celulósica. Fueron elaborados con una muy buena encuadernación para su tiempo, destacaban con tradicional elegancia los significativos y célebres títulos barojianos, incrustados en letra dorada sobre los bellos tejuelos encarnados; en su interior aparecía ese conocido y desigual papiro de épocas remotas, cuando aún no existían factorías papeleras como las actuales y, entonces, los prolíficos traperos estaban en constante auge recolector y acarreador de toda clase de despojos textiles con los que, previo reciclado, se fabricaba –no sé cómo–, el material tan necesario para la difusión normal de la cultura.

El responsable de los libros se le aproximó cauto a Tomás, aunque con la portañuela del pantalón abierta en su totalidad, acaso por deterioro de la cremallera, más que por presunta omisión, abertura por la que aparecieron los cuadros añiles de su ajada camisa. En aquellos momentos el paseante bibliófilo no pudo evitar la risa, al recordar el invento que había patentado Míriam para asegurar de forma conveniente el homólogo mecanismo de sus gastados tejanos. Una vez que el singular marchante llegó a la altura de Tomás, le contó alguna anécdota sobre la presunta adquisición de los libros a un vasco residente en Buenos Aires... ¡o de vaya usted a saber su procedencia! Al mismo tiempo, para dar fe de ello, éste abrió uno de los ejemplares encarnados y le mostró, satisfecho, la firma a lápiz del supuesto propietario antiguo: Ángel Zuricalday. Tomás adquirió La caverna del humorismo de Baroja y otro libro que estaba un poco más apartado de los anteriores, titulado Teoría de Andalucía y otros ensayos, de nuestro gran Ortega, por idéntico importe al tomo del desconfiado y gruñón vasco universal. Se los abonó en el acto al tétrico, cenceño y oscuro personaje, al que ambos paseantes notaron ganas de conversación; ahora bien, éste no les inspiró ningún tipo de confianza, ante el sucio y desaliñado aspecto de ex convicto que dimanaba de una faz poblada por una barba rala, de varios días, y una facha nada recomendable para dejarse ganar por su simpatía, impostada. Sin embargo, se despidieron con amabilidad de este individuo tan extraño para continuar peinando la plaza oblonga, al encuentro del objeto que sin duda alguna les buscaba a ellos.

 

Trataron de localizar, con ágiles movimientos, el puesto de ropa vaquera de segunda mano; pero no consiguieron dar con él. Tomás llevaba tiempo pensando en comprar una cazadora tejana, la clásica de la famosa marca de California, y le hubiera gustado hallarla en este pintoresco sitio, por supuesto siendo una prenda merecedora de su aprecio, con relación a su estado, y más por el valor sentimental que adquiriese con el paso de los años, que por el mero hecho de comprarla nueva en cualquier comercio.

Por la calle Amazonas iban saliendo siempre en sentido ascendente de la populosa y desigual zona, rumbo a la Ribera de Curtidores; entraron en otra de las clásicas tascas, ahora en la esquina con Maldonadas, al lado de la talla de Cascorro, el famoso héroe. Pidieron de nuevo dos vermús de grifo, ya que les había gustado ese sabor rancio, sin ninguna duda añejado por medio de la química; aun así, de paladar excelente. Les pusieron de tapa un platillo repleto de anchoas fritas, que devoró Míriam en parte; además, pidieron una ración de patatas bravas; éstas, con su respectiva salsa al alioli, les entraban bien, mas no las terminaron, tanto por ser excesivas como por no quitar toda el hambre, ya que pensaban almorzar un buen menú.

Pasaba hora y media del mediodía; el ambiente estaba en plena ebullición, manifestándose en un continuo e invariable hormigueo humano, cuyo runrún se acrecentaba por la presencia, momentánea y afluente, de centenares de creyentes, a la salida de misa mayor, en una ciudad repleta de templos cristianos.

Muy satisfechos..., contentos de la visita al populoso y castizo barrio del Rastro, ahora vigilados de continuo por el fiel Cascorro, se encauzaron una vez más hacia la Puerta del Sol.

 


sábado, 11 de abril de 2020

El émulo de Gustave

El émulo de Gustave

 Ayer me sentí todo un Flaubert, con permiso de Bouvard y Pécuchet: por la mañana, no bien me desayuné, antepuse un adjetivo a un sustantivo en la frase que estaba pergeñando; por la tarde, después de almorzar, se lo postpuse, y, antes de introducirme entre las sábanas, lo anulé.

lunes, 6 de abril de 2020

La fértil malmaridada



La fértil malmaridada


Pasaste obligada por la vicaría
a los veintitrés años
(a la fuerza también ahorcan),
a causa de un coitus interruptus
que a los nueve meses se convirtió,
en tu ubérrimo gineceo,
por obra y gracia de la madre naturaleza,
en un hermoso varón de cuatro kilos de peso
y cincuenta y cinco centímetros de talla.

A los cuatro años concebiste otro machote,
a pesar del efectivo método anticonceptivo
que empleabas, bajo el consejo
de una prestigiosa profesional
de la villa de don Diego.

Tras nueve años de aquella firma,
nerviosa en extremo,
en uno de los juzgados de la capital,
tú y tu consorte os planteasteis la separación
y firmasteis raudos el convenio regulador.

Después de siete años de vida independiente,
volvisteis a firmar el subsiguiente divorcio,
con su retahíla congénita de demandas;
ruido estruendoso de procuradores
y abogados sin toga, requerimientos puntuales
de juzgados; docenas de alegaciones minuciosas;
sentencias temerosas, actas notariales,
minutas, disposiciones;
embargos y alzamientos de bienes…