Aún no me
conocías, yo ignoraba quién eras; pensaba que eras la chica más bonita que
había visto nunca. Sólo yo sabía cuántas palabras de amor me quedaban todavía
por decir, a partir del día que volví mi cabeza para verte entrar en el aula en
rampa, alertado por tu intempestiva apertura de la puerta, y tu machacón y
armonioso taconeo mientras descendías en busca de un asiento. No bien arribaste
a mi vera, me sonreíste, afable, empática, apartando tus luengas crenchas, a lo
mejor con calculada coquetería; pero un poco azorada porque llegabas tarde a tu
primera clase de lingüística. Y, por fin, te sentaste a dos metros escasos de
mi diestra, mientras la profesora, elevada sobre la tarima de roble americano y
los tacones coronel tapioca de sus botines de exploradora, te oteaba
quizás un poco enfática: con mirada de lechuza, abroquelada en sus antiparras;
sus manos se mostraban un tanto gredosas de su continuo enredo con la estólida
pizarra, semiencajadas en los bolsillos traseros de su bluyín; y sus senos, tan
breves como romos, cual acedas mandarinas valencianas, intentaban desafiar
inútilmente al vacío, atrapados debajo de su apretado suéter de angora de tono
lila. Al mismo tiempo, sacabas un cuaderno anillado de tapas negras de tu
coqueto bolso purpúreo, dispuesta a pillar apuntes de forma tan eficaz
como compulsiva, según yo comprobaba de cuando en cuando, con disimulo al
principio, y después de manera atrevida, volviendo mi cuello casi noventa
grados, sin miedo a una futura tortícolis. Desde todos esos imperecederos e
indelebles instantes, mi vida, no dejé de preguntarme cuántos mensajes de amor
se me habían quedado atorados en mi glotis desde hace mil años: recientes,
inéditos, tan sugestivos como raras y multicolores aves del paraíso. Si tú lo
desearas, todo el amor del mundo te daría, tanto cariño y apego como en la vida
llegaste a imaginar, ma petite jeune fille; porque sólo yo he sabido
siempre cuánta ternura anida en las fruncidas falanges de mis dedos,
impacientes aún pero no resignadas, a la espera de cientos, miles de caricias.
Pero, después de todo, me pregunto: ¿Por qué un personaje como yo tiene derecho
a recoger tanto amor solidario, si mañana o pasado sabe que va a perderlo?
No te rías
de mí, criatura.
En estas
cotas de mi monográfica y rutinaria existencia, nadie puede desconfiar de un
personaje tan anodino como yo, jamás. Uno mismo ha escuchado hasta la saciedad
el silencio sepulcral, no sólo de las esferas y su música celestial, por mucho
que se empeñasen ciertos pitagóricos en componerla, hace muchos siglos,
adscritos de forma perenne a los guarismos humanos, pero demasiado alejados de
los pentagramas hilvanados por el divino hacedor, un poco torcidos aunque
trazados con mano firme; sino también asumir el mutismo de todas las mujeres
que pasaron por su vida baladí, para posesionarse simultáneamente de la
indiferente circunspección de las que más amó, aun de una forma desapasionada,
de mero cariz neoplatónico. Por todo ello te manifiesto que de amor sé más que
ninguno; porque no bien exhalas una palabra tierna, ya tengo un silencio
infalible cargado de preguntas ciertas, a pesar de que en cada una de ellas
siempre he recogido un no lacónico, altanero, onomatopéyico, sin
contemplaciones; y, asimismo, porque aleccionándome para el amor llevo más de
treinta años, o más de un milenio, siguiendo las sabias y relativas
premisas del sabio judío. Busco con ansia el amor cada noche no sé bien por qué
lugares, figurándomelo mimetizado en la oscuridad de cada rincón en esta urbe
tan clasista y liberal como mezquina (aunque algunos paladines del progreso,
con oronda satisfacción y barriga de trepadores corruptos, la próstata
pidiéndoles auxilio de forma escandalosa y un cinismo y verborrea de
profesionales de la política, se empeñen en denominarla cosmopolita). Sin
esquivarlo ni siquiera en una sola ocasión, escudriño el amor al tomar el
autocar antes de la llegada del azafrán de la aurora de rosados dedos, como
leemos de forma apremiante en las monumentales epopeyas homéricas y otros
libros de mitografía; al atravesar presto y desconfiado una avenida abarrotada
de automóviles humeantes; en las aulas de la facultad (quién lo iba a decir, a
mis años, mientras intento licenciarme en letras hispánicas: dado mi insaciable
amor a Cervantes, Baroja y Unamuno, como si acaso esta obsesión que me desgasta
hasta la misma consunción me iría a reportar algún parabién de cara a mi
nebuloso futuro, después de tan atroz como menestral esfuerzo humano, a lo
largo de demasiados años de mi vida, que me ha dejado doblado, agotado e
insatisfecho, a cambio prácticamente de nada); durante los intervalos entre
clase y clase; al entrar en la ruina inevitable de los bares de copas, cuando
agotado de tanto fárrago didáctico: papeles fotocopiados, papelitos y
papelotes, algún que otro finde, decido salir de fiesta a ver lo que
hay; también lo busco de nuevo al abandonar un tálamo comprado, a pesar
de hacerlo algo asqueado y vacío; a continuación sigo insistiendo en ello
al introducirme en el mío y, algo hierático, envolverme entre las sábanas
engurruñadas, muy revueltas, por encima de mi testa, en posición fetal, y ya,
tremendamente agotado, no me queda más que cerrar los ojos de frío,
desesperanza, fatiga, tedio, soledad y desilusión.
No te
burles de mí, niña.
Puedo pasarme años enteros sólo mirándote, hasta el éxtasis, como
imagino a los santones lamaístas al otear el escarpado y níveo perfil de las
cordilleras tibetanas: eres la mujer más bella que he conocido. Hemos tomado
decenas de cortados en el bar de la facu, casi vis à vis,
aspirando tu agradable y fascinante fragancia parisina, toda tu juventud, todo
tu candor, toda tu frescura; hemos divagado, charlado, hemos filosofado; hemos
llegado a tantear todos los temas habidos y por haber; hemos osado tocar aspectos
de lo divino y de lo humano, dejando a un lado a Homero y su inacabable índice
de sujetos, dioses, epítetos y héroes… He disfrutado de lo lindo, hasta más no
poder, con tu inteligencia, innata; con tus vertiginosos y hábiles reflejos
dialécticos. Sé que me entiendes, o al menos lo intentas, encanto; por eso sólo
te pido que nunca te rías de mí. Permaneceré años y años, hasta el fin de mis
días, embelesado a tu lado, embriagado en tu fresco aliento, en tu templada
irradiación corpórea, poro a poro, sí, mi amor; pero te ruego encarecidamente
que no juguetees conmigo, que no me hagas daño, porque sé que podría quebrarme
en mil pedazos entre tus largos y tiernos brazos cual un búcaro de porcelana de
Manchuria, como algo que se muestra tan más estólido e hialino cuanto más torpe
y grande. Y, después, ¿qué harás con los fragmentos, Shinako?, mi dulce geisha.
¿Serás capaz de recomponerlos con la misma parsimonia que encajas y desencajas
tus doce matruskas rusas, escuchando La cabalgata de las valkirias, del
impar monstruo teutón, durante tu inexcusable five o’clock tea? Me
siento lo más parecido a un peral demasiado vetusto, con frutos un poco duros,
tan secos y amargos que ya no puedo ni siquiera colegir si son peras o
duraznos, a la usanza de nuestro genial arcipreste. No soy como tus plantas y
flores de interior, a las que renuevas el agua cuando te acuerdas, amor mío; de
las que guardas sus mustios pétalos, con la pretensión de convertirlos en inmarcesibles,
en un curioso incunable apergaminado heredado de tu tío Héctor (qué nombre más
bonito, ahora que andamos siguiéndole la pista en la amurallada Ilión, a pesar
de haber dado muerte a Patroclo). Te aseguro que, así y todo, niña, me muestro
al mundo sin complejos de ninguna clase, mas cual una masía decrépita,
espaciosa y solitaria. Eso sí, eres mi arbotante vital, y aun mi contrafuerte,
no bien entra la primavera hasta la llegada de los primeros calores. Desde mi
bóveda soy capaz de darte toda la sombra que desees durante el estío,
chiquilla; incluso te puedo brindar cobijo en invierno, ¡qué sé yo! Ahora,
estoy firmemente convencido de que todo lo que te ofrezca me parecerá una
minucia para una criatura tan femenina y refinada como tú.
No te
burles de mí, criatura.
¿Ansías
trepar a la terraza para ver el cosmos, a las crestas más inalcanzables?:
también uno tuvo un día veinticinco años y toneladas de quimeras. Cuando
otees otras panorámicas, estoy seguro de que verás muy claro tu ambicioso
futuro: ¿Cómo no verlo con esa portentosa, sañuda inteligencia? Me atrevo a
decirte que conocerás y adivinarás el mundo con absoluta diafanidad, y querrás
marcharte súbitamente de mi lado; así que no dudo de que un día cualquiera me
dejarás tirado, de forma extemporánea, sin avisarme. Y, a la sazón: ¿Qué pasará
conmigo, de qué modo lograré existir después de haberte conocido?
Tengo para mí que lo más positivo para nuestro linaje es no alcanzar jamás
el territorio adonde caminamos con imparable denuedo, ni hallar lo que
buscamos: así en todo momento gozaremos de algo que hacer, para no perder nunca
la ilusión ni el empuje, mientras nos dura la existencia. En esta fase de mi
dilatada trayectoria vital, belleza, ya no tengo mucho dónde elegir: forje lo
que forje, consiga lo que consiga, todo será desacertado; posea lo que posea,
todo lo habré perdido. Tú, en cambio, con que guiñases uno de tus preciosos
ojos verdes de almendra tendrías al orbe a tus pies. Eres maravillosa,
angelical, casi divina: un regalo de la existencia en estos añosos oteros de mi
vida: sólo por ese beso tan húmedo como especial que, aupando levemente tus tacones,
cincelaste con abrumadora seguridad sobre mis trémulos labios hace quince días.
Pero,
niña, sólo te pido que no te rías de mí.
Eres para
mí una criatura realmente extraordinaria, la tía más guapa y lista con que he
estado nunca: una hembra de bandera que imagino rechazando cotidianamente
moscones, promesas y oropeles a tutiplén. Lo mejor de todo es que me pareces
una buena chica; mas darte el sí me da recelo y, no decidirme ahora, no me lo
perdonaré el resto de mi vida. Y es que a veces pienso que un sí contigo había
de tener más círculos concéntricos que un no: una mise en abîme. Entonces:
¿Qué voy a ganar con introducirme en ese precipicio tan más espiral cuanto más
insondable, sí sé que me van a extraer de él a trozos? Ahora bien, lo que tengo
muy claro es que de ningún modo puedo rechazar tu sublime amor, neto e
incontaminado; pero, preciosa: ¿No te das cuenta de que cuando proyectas dar un
paso, vuelvo cansino con mi cuello algo encorvado hacia los trillados adoquines
y las manos cruzadas a la altura de mis vértebras lumbares, tras mi sufrida
espalda? Porque de lo que aún no estás al tanto, hace ya demasiado tiempo que
lo he borrado de mi memoria; y lo que ahora te hace delirar de felicidad no me
lo puedo tragar de ninguna manera. ¿No consideras que, a pesar de todo, todas
estas líricas tesituras (o acaso elegíacas, si lo miramos desde otro punto de
vista, mi adorada prenda, como dicen en Sudamérica) no dejan de ser una gran
desdicha para mi fatigado músculo vital?: a mis cincuenta otoños platicar de
amor, como si uno tuviese tus veinticinco primaveras, tan puras e intactas,
cielo mío. Estoy plenamente convencido de que algún día me harás daño, pequeña
valkiria; que vas a reírte de mí, una vez empalagada de tanta hidromiel en tu
apacible e íntimo Valhalla. Te reitero que me abandonarás como se abandona al
perro más fiel al principio de las vacaciones estivales, para morir sin exhalar
ni un solo lamento en una indecente cuneta, salvajemente atropellado por el
brutal acero de esta miserable, urgida y egoísta modernidad, entre deletéreos
vapores de asfalto, caucho requemado, amianto y gasolina; y, al cabo, lo único
que referirás a tus amistades del pobre Tomás es que fue un pobre iluso.
Criatura,
sólo te pido que no te rías de mí.
Te suplico
hasta la saciedad, douce coeur de réglisse, que no me hagas sufrir,
porque lo más seguro será que, entonces, de tu amor me extinguiré; y, si de
tanto amor no palmase, uno, que nunca ha aborrecido a nadie, te aborrecerá
hasta el infinito, pero se irá pudriendo de modo inexorable, sin remedio, hasta
su total e irreversible declive somático. Seré un muerto en vida; me mostraré
como una andante y repelente momia sin embalsamar, o acaso como una
fantasmagórica, negra y esquelética estantigua medieval de lo que pude ser y no
fui: un horrendo espectro de carne y hueso, un títere reptando hacia la total
consunción. No me quedará otro remedio que contemplar, afectado, tu retrato
sobre mis muslos; acariciar con perezoso denuedo sobre el vidrio enmarcado, en
recorridos sinuosos, tus pómulos de manzana reineta y su pelusilla de
albaricoque; tus trigueñas crenchas y tus carnosos labios con las fatigadas
yemas de mis dedos, en un continuo roce tan pertinaz como aladinesco,
solicitando tu presencia fugaz, o acaso soñando con oír de nuevo tu voz de prima
donna a través del bullicioso telefonino incrustado en el mármol de
Carrara de la puerta de mi zaguán.
¡Ruth, mi
vida, no te burles de mí!