miércoles, 26 de noviembre de 2025

Estulticia suicida

 

 Estulticia suicida

 

Una gran parte de los escritores padecen el síndrome de Eróstrato: sólo buscan reconocimiento, fama y dinero, aparte de engrandecer su estulta vanidad. Cuando no lo consiguen resulta patético: únicamente les queda el recurso del suicidio.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Al nacionalismo todo le da de lado

 

Al nacionalismo todo le da de lado

 

 Así como el nacionalismo es en esencia una monomanía, una demencia individual y social; de la misma manera, como locura social, es el producto tanto de la envidia como de la aprensión, y, sobre todo, el resultado del quebranto de la conciencia individual: solamente está elaborado por la adición de una serie de demencias individuales cuyo punto de inflexión las lleva e instala en el paroxismo. Y es que el nacionalista, más allá de su responsabilidad con la prístina raíz aborigen, no es nada más: sólo se trata de un revoltoso en ciernes que aguarda pacientemente su hora, y, para él, esta creencia es la ruta más accesible, aunque de menor firmeza. Este personaje no adolece de contrariedades; está al tanto –o se imagina estarlo– de sus valores primordiales, los que él posee y, por dicha razón, los de su aldea: los valores morales y oficiales del terruño al que pertenece. No le atañen ningunos otros. El nacionalismo es  extremadamente naïf. Absolutamente nada de lo concerniente al otro o los otros tiene utilidad para él. Para él el averno son los demás: otros estados, otras razas, masas que no merecen ni ser estudiadas, ni siquiera ser conocidas. El nacionalismo es el credo de la puerilidad; se trata de una ideología no sólo reaccionaria (ultraconservadora) sino también totalitaria in extremis. Asimismo, es de una doctrina de mal gusto y normalmente exagerada, tan vulgar como demodé: únicamente abraza lo excéntrico y nostálgico para dar rienda suelta a sus ínfulas. Pero, sobre todo, es una disciplina de privación, una condición psíquica del hálito que se nutre del rechazamiento: no coexistimos como y con ellos; en su seno impera la dicotomía maniqueísta nosotros somos el lado bueno; ellos el malo. Por esta razón nuestros valores naturales y nuestro tradicionalismo sólo son viables de cara a confrontarlos con el nacionalismo de otros. Por supuesto, somos así: nacionalistas, pero ellos lo son en grado extremo; degollamos sin pensarlo al prójimo si esto nos resulta útil, mas los otros son más feroces: lo decapitan; nos gusta tomar un trago con frecuencia, ellos son dipsómanos sin remedio. Para ellos lo único trascendental es descollar sobre nuestros consanguíneos o medio familiares, nada más les atañe. De este modo, al nacionalismo nada le da miedo.


domingo, 2 de noviembre de 2025

Por qué no estudié Derecho

 Por qué no estudié Derecho

 

No existe abogado que sea pobre; muchos letrados defienden a mafiosos, narcotraficantes y asesinos sólo por dinero: dinero negro, claro está. Ahora bien, este dinero después es oportunamente blanqueado sin escrúpulos ni miramientos. Lo más deplorable e insidioso es que algunos de estos picapleitos leguleyos acaban siendo jueces.


viernes, 15 de agosto de 2025

De mí no te rías, criatura

 

Aún no me conocías, yo ignoraba quién eras; pensaba que eras la chica más bonita que había visto nunca. Sólo yo sabía cuántas palabras de amor me quedaban todavía por decir, a partir del día que volví mi cabeza para verte entrar en el aula en rampa, alertado por tu intempestiva apertura de la puerta, y tu machacón y armonioso taconeo mientras descendías en busca de un asiento. No bien arribaste a mi vera, me sonreíste, afable, empática, apartando tus luengas crenchas, a lo mejor con calculada coquetería; pero un poco azorada porque llegabas tarde a tu primera clase de lingüística. Y, por fin, te sentaste a dos metros escasos de mi diestra, mientras la profesora, elevada sobre la tarima de roble americano y los tacones coronel tapioca de sus botines de exploradora, te oteaba quizás un poco enfática: con mirada de lechuza, abroquelada en sus antiparras; sus manos se mostraban un tanto gredosas de su continuo enredo con la estólida pizarra, semiencajadas en los bolsillos traseros de su bluyín; y sus senos, tan breves como romos, cual acedas mandarinas valencianas, intentaban desafiar inútilmente al vacío, atrapados debajo de su apretado suéter de angora de tono lila. Al mismo tiempo, sacabas un cuaderno anillado de tapas negras de tu coqueto bolso purpúreo, dispuesta a pillar apuntes de forma tan eficaz como compulsiva, según yo comprobaba de cuando en cuando, con disimulo al principio, y después de manera atrevida, volviendo mi cuello casi noventa grados, sin miedo a una futura tortícolis. Desde todos esos imperecederos e indelebles instantes, mi vida, no dejé de preguntarme cuántos mensajes de amor se me habían quedado atorados en mi glotis desde hace mil años: recientes, inéditos, tan sugestivos como raras y multicolores aves del paraíso. Si tú lo desearas, todo el amor del mundo te daría, tanto cariño y apego como en la vida llegaste a imaginar, ma petite jeune fille; porque sólo yo he sabido siempre cuánta ternura anida en las fruncidas falanges de mis dedos, impacientes aún pero no resignadas, a la espera de cientos, miles de caricias. Pero, después de todo, me pregunto: ¿Por qué un personaje como yo tiene derecho a recoger tanto amor solidario, si mañana o pasado sabe que va a perderlo?

No te rías de mí, criatura.

En estas cotas de mi monográfica y rutinaria existencia, nadie puede desconfiar de un personaje tan anodino como yo, jamás. Uno mismo ha escuchado hasta la saciedad el silencio sepulcral, no sólo de las esferas y su música celestial, por mucho que se empeñasen ciertos pitagóricos en componerla, hace muchos siglos, adscritos de forma perenne a los guarismos humanos, pero demasiado alejados de los pentagramas hilvanados por el divino hacedor, un poco torcidos aunque trazados con mano firme; sino también asumir el mutismo de todas las mujeres que pasaron por su vida baladí, para posesionarse simultáneamente de la indiferente circunspección de las que más amó, aun de una forma desapasionada, de mero cariz neoplatónico. Por todo ello te manifiesto que de amor sé más que ninguno; porque no bien exhalas una palabra tierna, ya tengo un silencio infalible cargado de preguntas ciertas, a pesar de que en cada una de ellas siempre he recogido un no lacónico, altanero, onomatopéyico, sin contemplaciones; y, asimismo, porque aleccionándome para el amor llevo más de treinta años, o más de un milenio, siguiendo las sabias y relativas premisas del sabio judío. Busco con ansia el amor cada noche no sé bien por qué lugares, figurándomelo mimetizado en la oscuridad de cada rincón en esta urbe tan clasista y liberal como mezquina (aunque algunos paladines del progreso, con oronda satisfacción y barriga de trepadores corruptos, la próstata pidiéndoles auxilio de forma escandalosa y un cinismo y verborrea de profesionales de la política, se empeñen en denominarla cosmopolita). Sin esquivarlo ni siquiera en una sola ocasión, escudriño el amor al tomar el autocar antes de la llegada del azafrán de la aurora de rosados dedos, como leemos de forma apremiante en las monumentales epopeyas homéricas y otros libros de mitografía; al atravesar presto y desconfiado una avenida abarrotada de automóviles humeantes; en las aulas de la facultad (quién lo iba a decir, a mis años, mientras intento licenciarme en letras hispánicas: dado mi insaciable amor a Cervantes, Baroja y Unamuno, como si acaso esta obsesión que me desgasta hasta la misma consunción me iría a reportar algún parabién de cara a mi nebuloso futuro, después de tan atroz como menestral esfuerzo humano, a lo largo de demasiados años de mi vida, que me ha dejado doblado, agotado e insatisfecho, a cambio prácticamente de nada); durante los intervalos entre clase y clase; al entrar en la ruina inevitable de los bares de copas, cuando agotado de tanto fárrago didáctico: papeles fotocopiados, papelitos y papelotes, algún que otro finde, decido salir de fiesta a ver lo que hay; también lo busco de nuevo al abandonar un tálamo comprado, a pesar de hacerlo algo asqueado y vacío; a continuación sigo insistiendo en ello al introducirme en el mío y, algo hierático, envolverme entre las sábanas engurruñadas, muy revueltas, por encima de mi testa, en posición fetal, y ya, tremendamente agotado, no me queda más que cerrar los ojos de frío, desesperanza, fatiga, tedio, soledad y desilusión.

No te burles de mí, niña.

Puedo pasarme años enteros sólo mirándote, hasta el éxtasis, como imagino a los santones lamaístas al otear el escarpado y níveo perfil de las cordilleras tibetanas: eres la mujer más bella que he conocido. Hemos tomado decenas de cortados en el bar de la facu, casi vis à vis, aspirando tu agradable y fascinante fragancia parisina, toda tu juventud, todo tu candor, toda tu frescura; hemos divagado, charlado, hemos filosofado; hemos llegado a tantear todos los temas habidos y por haber; hemos osado tocar aspectos de lo divino y de lo humano, dejando a un lado a Homero y su inacabable índice de sujetos, dioses, epítetos y héroes… He disfrutado de lo lindo, hasta más no poder, con tu inteligencia, innata; con tus vertiginosos y hábiles reflejos dialécticos. Sé que me entiendes, o al menos lo intentas, encanto; por eso sólo te pido que nunca te rías de mí. Permaneceré años y años, hasta el fin de mis días, embelesado a tu lado, embriagado en tu fresco aliento, en tu templada irradiación corpórea, poro a poro, sí, mi amor; pero te ruego encarecidamente que no juguetees conmigo, que no me hagas daño, porque sé que podría quebrarme en mil pedazos entre tus largos y tiernos brazos cual un búcaro de porcelana de Manchuria, como algo que se muestra tan más estólido e hialino cuanto más torpe y grande. Y, después, ¿qué harás con los fragmentos, Shinako?, mi dulce geisha. ¿Serás capaz de recomponerlos con la misma parsimonia que encajas y desencajas tus doce matruskas rusas, escuchando La cabalgata de las valkirias, del impar monstruo teutón, durante tu inexcusable five o’clock tea? Me siento lo más parecido a un peral demasiado vetusto, con frutos un poco duros, tan secos y amargos que ya no puedo ni siquiera colegir si son peras o duraznos, a la usanza de nuestro genial arcipreste. No soy como tus plantas y flores de interior, a las que renuevas el agua cuando te acuerdas, amor mío; de las que guardas sus mustios pétalos, con la pretensión de convertirlos en inmarcesibles, en un curioso incunable apergaminado heredado de tu tío Héctor (qué nombre más bonito, ahora que andamos siguiéndole la pista en la amurallada Ilión, a pesar de haber dado muerte a Patroclo). Te aseguro que, así y todo, niña, me muestro al mundo sin complejos de ninguna clase, mas cual una masía decrépita, espaciosa y solitaria. Eso sí, eres mi arbotante vital, y aun mi contrafuerte, no bien entra la primavera hasta la llegada de los primeros calores. Desde mi bóveda soy capaz de darte toda la sombra que desees durante el estío, chiquilla; incluso te puedo brindar cobijo en invierno, ¡qué sé yo! Ahora, estoy firmemente convencido de que todo lo que te ofrezca me parecerá una minucia para una criatura tan femenina y refinada como tú.

No te burles de mí, criatura.

¿Ansías trepar a la terraza para ver el cosmos, a las crestas más inalcanzables?: también uno tuvo un día veinticinco años y toneladas de quimeras. Cuando otees otras panorámicas, estoy seguro de que verás muy claro tu ambicioso futuro: ¿Cómo no verlo con esa portentosa, sañuda inteligencia? Me atrevo a decirte que conocerás y adivinarás el mundo con absoluta diafanidad, y querrás marcharte súbitamente de mi lado; así que no dudo de que un día cualquiera me dejarás tirado, de forma extemporánea, sin avisarme. Y, a la sazón: ¿Qué pasará conmigo, de qué modo lograré existir después de haberte conocido? Tengo para mí que lo más positivo para nuestro linaje es no alcanzar jamás el territorio adonde caminamos con imparable denuedo, ni hallar lo que buscamos: así en todo momento gozaremos de algo que hacer, para no perder nunca la ilusión ni el empuje, mientras nos dura la existencia. En esta fase de mi dilatada trayectoria vital, belleza, ya no tengo mucho dónde elegir: forje lo que forje, consiga lo que consiga, todo será desacertado; posea lo que posea, todo lo habré perdido. Tú, en cambio, con que guiñases uno de tus preciosos ojos verdes de almendra tendrías al orbe a tus pies. Eres maravillosa, angelical, casi divina: un regalo de la existencia en estos añosos oteros de mi vida: sólo por ese beso tan húmedo como especial que, aupando levemente tus tacones, cincelaste con abrumadora seguridad sobre mis trémulos labios hace quince días.

Pero, niña, sólo te pido que no te rías de mí.

Eres para mí una criatura realmente extraordinaria, la tía más guapa y lista con que he estado nunca: una hembra de bandera que imagino rechazando cotidianamente moscones, promesas y oropeles a tutiplén. Lo mejor de todo es que me pareces una buena chica; mas darte el sí me da recelo y, no decidirme ahora, no me lo perdonaré el resto de mi vida. Y es que a veces pienso que un sí contigo había de tener más círculos concéntricos que un no: una mise en abîme. Entonces: ¿Qué voy a ganar con introducirme en ese precipicio tan más espiral cuanto más insondable, sí sé que me van a extraer de él a trozos? Ahora bien, lo que tengo muy claro es que de ningún modo puedo rechazar tu sublime amor, neto e incontaminado; pero, preciosa: ¿No te das cuenta de que cuando proyectas dar un paso, vuelvo cansino con mi cuello algo encorvado hacia los trillados adoquines y las manos cruzadas a la altura de mis vértebras lumbares, tras mi sufrida espalda? Porque de lo que aún no estás al tanto, hace ya demasiado tiempo que lo he borrado de mi memoria; y lo que ahora te hace delirar de felicidad no me lo puedo tragar de ninguna manera. ¿No consideras que, a pesar de todo, todas estas líricas tesituras (o acaso elegíacas, si lo miramos desde otro punto de vista, mi adorada prenda, como dicen en Sudamérica) no dejan de ser una gran desdicha para mi fatigado músculo vital?: a mis cincuenta otoños platicar de amor, como si uno tuviese tus veinticinco primaveras, tan puras e intactas, cielo mío. Estoy plenamente convencido de que algún día me harás daño, pequeña valkiria; que vas a reírte de mí, una vez empalagada de tanta hidromiel en tu apacible e íntimo Valhalla. Te reitero que me abandonarás como se abandona al perro más fiel al principio de las vacaciones estivales, para morir sin exhalar ni un solo lamento en una indecente cuneta, salvajemente atropellado por el brutal acero de esta miserable, urgida y egoísta modernidad, entre deletéreos vapores de asfalto, caucho requemado, amianto y gasolina; y, al cabo, lo único que referirás a tus amistades del pobre Tomás es que fue un pobre iluso.

Criatura, sólo te pido que no te rías de mí.

Te suplico hasta la saciedad, douce coeur de réglisse, que no me hagas sufrir, porque lo más seguro será que, entonces, de tu amor me extinguiré; y, si de tanto amor no palmase, uno, que nunca ha aborrecido a nadie, te aborrecerá hasta el infinito, pero se irá pudriendo de modo inexorable, sin remedio, hasta su total e irreversible declive somático. Seré un muerto en vida; me mostraré como una andante y repelente momia sin embalsamar, o acaso como una fantasmagórica, negra y esquelética estantigua medieval de lo que pude ser y no fui: un horrendo espectro de carne y hueso, un títere reptando hacia la total consunción. No me quedará otro remedio que contemplar, afectado, tu retrato sobre mis muslos; acariciar con perezoso denuedo sobre el vidrio enmarcado, en recorridos sinuosos, tus pómulos de manzana reineta y su pelusilla de albaricoque; tus trigueñas crenchas y tus carnosos labios con las fatigadas yemas de mis dedos, en un continuo roce tan pertinaz como aladinesco, solicitando tu presencia fugaz, o acaso soñando con oír de nuevo tu voz de prima donna a través del bullicioso telefonino incrustado en el mármol de Carrara de la puerta de mi zaguán.

¡Ruth, mi vida, no te burles de mí!