Al nacionalismo todo le da de lado
Así
como el nacionalismo es en esencia una monomanía, una demencia individual y social;
de la misma manera, como locura social, es el producto tanto de la envidia como
de la aprensión, y, sobre todo, el resultado del quebranto de la conciencia
individual: solamente está elaborado por la adición de una serie de demencias
individuales cuyo punto de inflexión las lleva e instala en el paroxismo. Y es
que el nacionalista, más allá de su responsabilidad con la prístina raíz
aborigen, no es nada más: sólo se trata de un revoltoso en ciernes que aguarda pacientemente
su hora, y, para él, esta creencia es la ruta más accesible, aunque de menor firmeza.
Este personaje no adolece de contrariedades; está al tanto –o se imagina estarlo–
de sus valores primordiales, los que él posee y, por dicha razón, los de su aldea:
los valores morales y oficiales del terruño al que pertenece. No le atañen
ningunos otros. El nacionalismo es extremadamente naïf. Absolutamente nada de lo concerniente al otro o los otros tiene utilidad para él. Para él el averno son los demás: otros estados, otras razas,
masas que no merecen ni ser estudiadas, ni siquiera ser conocidas. El
nacionalismo es el credo de la puerilidad; se trata de una ideología no sólo
reaccionaria (ultraconservadora) sino también totalitaria in extremis. Asimismo,
es de una doctrina de mal gusto y normalmente exagerada, tan vulgar como demodé:
únicamente abraza lo excéntrico y nostálgico para dar rienda suelta a sus
ínfulas. Pero, sobre todo, es una disciplina de privación, una condición
psíquica del hálito que se nutre del rechazamiento: no coexistimos como y con ellos;
en su seno impera la dicotomía maniqueísta nosotros somos el lado bueno; ellos
el malo. Por esta razón nuestros valores naturales y nuestro tradicionalismo
sólo son viables de cara a confrontarlos con el nacionalismo de otros. Por
supuesto, somos así: nacionalistas, pero ellos lo son en grado extremo; degollamos
sin pensarlo al prójimo si esto nos resulta útil, mas los otros son más feroces:
lo decapitan; nos gusta tomar un trago con frecuencia, ellos son dipsómanos sin
remedio. Para ellos lo único trascendental es descollar sobre nuestros consanguíneos
o medio familiares, nada más les atañe. De este modo, al nacionalismo nada le
da miedo.